Narcisista ¿Yo?

Psicoterapia del Adulto

Patrones y Trastornos de la Personalidad: Narcisista

*In Me- Jhonson Tsang

 

“Somos libres de inventarnos a nosotros mismos. Somos libres de ser lo que se nos ocurra ser. El destino es un espacio abierto y para llenarlo como se debe hay que pelear a brazo partido contra el quieto mundo de la muerte y la obediencia y las putas prohibiciones” – Eduardo Galeano

 

Doy comienzo a esta reflexión con las palabras de Eduardo Galaeno, palabras directas y vibrantes cargadas de contundencia y rotundidad. Una alabanza hacia el empoderamiento del sí mismo y defensa de la libertad personal en detrimento de las restricciones y los condicionamientos impuestos por una sociedad imperativa, cuya máxima es establecer un orden a fuerza de perseguir y condenar aquello que se toma como insubordinado, rebelde, desobediente… diferente. El mismo escenario colectivo que subasta principios y valores al postor más rico en intereses comerciales, predicando la igualdad y la equidad a través de un discurso superficial que no permite la visibilidad y sensibilidad hacia la idiosincrasia y la subjetividad.

Pero acaso ¿no tachamos el fomento de la individualidad y de anteponer los intereses personales de uno como actos de prepotencia, egoísmo y egolatría? ¿No es esta misma cultura narcisista la que premia el elogio y el logro a través de la competencia y la explotación y deserta con repudios y desprecios al mediocre por perdedor? ¿No es el propio conjunto de individuos los que con afán de superación, ensalzamiento y autodeterminación, estamos promoviendo la intransigencia, la intolerancia y la renegación como forma de exaltación de supuestas fortalezas para así poder ocultar las debilidades mediante actitudes y defensas maniacas?

Eduardo Galeano respondía en una entrevista para el periódico “La Vanguardia” (2012):

“Somos una civilización de soledades que se encuentran y desencuentran continuamente sin reconocerse (…) donde el otro es siempre una amenaza y nunca una promesa. (…) Habrá que preguntarse hasta qué punto soy capaz de amar y de elegir entre la dignidad y la indignidad, de decir no, de desobedecer. Capaz de caminar con tus propias piernas, pensar con tus propia cabeza y sentir con el propio corazón en lugar de resignarte a pensar lo que te dicen… La mayoría trabaja a contracorazón y termina viviendo una vida que no es la suya por las necesidades materiales, y eso es lo que hace que algunos no se den cuenta de que murieron hace muchos años, la última vez que fueron capaces de decir no.”

 

Cuando se trata de amar, inevitablemente, uno se arriesga a desvirtuar y traspasar el sentido y los límites de lo que está bien y de lo que está mal, de ahí que cada psiquismo sea un producto inacabado siempre expuesto a la oscilación de su estructura; combatiente frente a la experiencia en busca de hallar cierta estabilidad y sentido de integración y constancia, muchas veces a expensas de perpetuar la tempestad; una retención y fijación a una particular forma que se inclina hacia el deterioro encubierto tras una portada de ilusión y fantasía enquistada en el goce y la sumisión.

Entonces, ¿estamos predestinados a vivir o a sobrevivir detrás de la máscara de un falso Self?

La resolución depende de múltiples aspectos, subrayando las voces presentes de aquellas figuras primigenias que contribuyeron a balancear la configuración de la propia identidad y abrieron los cauces que posibilitaron un desarrollo y evolución de relativas tendencias.

Y, sin embargo, en la línea del pensamiento relacional, no obviemos que también somos agentes activos y partícipes en la construcción de nuestro sí mismo, de nuestros entornos y contornos; y en las transformaciones del narcisismo maduro veremos si aceptamos la realidad como un destino o como un desafío que nos invita al cambio, a rebelarnos y revelarnos, a entregarnos, a vivir las experiencias con voz propia y no como una penitencia inevitable. Para habitar el mundo no sólo hay que cumplir, también hay que saber jugar.

 

¿Cómo distinguir las formas patológicas del narcisismo de los mecanismos adaptativos y saludables que este nos ofrece, si de por sí la sociedad, nosotros mismos, vapulea por doquier con la incoherencia de mensajes contradictorios?

La programación y construcción de cada individuo depende de la conexión social. Dada esta orientación, el despliegue de la organización y estructura del psiquismo individual, va a necesitar de una matriz relacional tejida a partir de experiencias intersubjetivas que faciliten posibles escenarios en los que el individuo pueda reconocerse mediante procesos interactivos de comparación, identificación y diferenciación. Establecer un sentido funcional de reconocimiento y conservación que permita la integración y experiencia de la identidad psicológica y la vivencia de un sí mismo cohesionado, precisará de unos recursos narcisistas bien redistribuidos y equilibrados.

El estado de narcisismo primario que constituye una imagen exaltada de amor propio, en el que el bebé cree que él mismo y su mundo- la extensión de sí mismo- es omnipotente y perfecto, pronto se verá truncado por las crecientes expectativas, exigencias, críticas y censuras suministradas por los padres, la cultura y la civilización. Frente a las presiones madurativas y las tensiones psíquicas dolorosas, el individuo en el progreso de su desarrollo cognitivo y madurativo procurará reestablecer la perfección y la integridad mediante re-internalizaciones sucesivas de representaciones idealizadas. Las internalizaciones e introyecciones de la imagen parental idealizada con la consecuente separación gradual del objeto y la integración de la imagen parental especular, van a posibilitar la capacidad constructiva de regulación pulsional, la diferenciación entre el compromiso con la realidad y las ilusiones narcisistas y la pérdida del estado simbiótico original.

La presencia en la mente de las imágenes de quienes se ama y de aquellos por quienes uno se siente amado fortalece el amor propio. Así mismo, la regulación del autoestima y autoconcepto va a depender del carácter satisfactorio o frustrante de las relaciones con otros, de la evaluación de la distancia entre las metas y aspiraciones propias y los propios logros, de las presiones que la moralidad ejerza sobre el yo (demandas inconscientes de perfeccionismo y prohibiciones) y del grado de satisfacción de las necesidades de naturaleza libidinal como agresiva.

 

La regulación normal o patológica del propio narcisismo dependerá del grado de estabilidad, consistencia y coherencia que se alcance en el proceso evolutivo y madurativo de individualización. Según la calidad de esta regulación, cabe la posibilidad de observar el narcisismo en sus dos extremos.

Por una parte, encontraríamos la persona que sucumbe a la posición original de su narcisismo primario, aferrándose a un estado de irrealidad en lo relativo a la fantasía grandiosa y exhibicionista, enmascarando la vergüenza de su orgullo herido y compensando la experiencia subjetiva de carencia y traición con la exaltación fingida de un sentido de amor propio artificialmente inflado.

Y, por otra parte, aquella otra persona que, permaneciendo cierto residuo directo de la posición original, a pesar de las frustraciones y adversidades, de la imperfección de los cuidados prestados y las demoras traumáticas, es capaz de transitar hacia transformaciones que den acceso a desarrollar la capacidad para regular y alterar la representación de sí mismo y los objetos, para conformar un subjetivismo crítico frente a la idealización o devaluación de las ideas, manteniendo suficiente armonía entre los ideales y las ambiciones, la ilusión y la realidad.

 

Un ambiente facilitador debe tener calidad humana no perfección mecánica.

Leí hace poco una reflexión interesante en la línea de Winnicott que decía:

«La subjetividad lleva las marcas inevitables de su pasaje por una temprana etapa de dependencia absoluta. En esa travesía se inscriben ínfimas o dilatadas rupturas de la continuidad existencial, y se produce el encuentro (plagado de numerosas y delicadas alternativas) con el vasto territorio de lo “no-yo”. En esos intervalos del estar siendo, el bebé da lugar (en los ritmos vitales y la geografía de su propio cuerpo) a un enigma que toma progresivamente una forma reconocible, la del otro materno. La subjetividad se consolida entonces como un tejido hecho de episodios variables y contingentes que, sin embargo, coagulan finalmente en la trama articulada de una historia. ¿Cómo pensar la subjetividad entonces, cómo el desarrollo evolutivo de una existencia o cómo el golpe decisivo y estructurante de ciertos momentos únicos, aislados e irrepetibles?, ¿cómo la construcción lineal y progresiva de una historia o cómo el efecto más o menos imprevisto de ciertos episodios? ¿Continuidad o ruptura? Como se puede prever, ese estado paradigmático de un transcurrir sin infortunios (lo que llamamos “continuidad existencial”), es una circunstancia bastante precaria, ninguna narración abarca del todo la sensación de vulnerabilidad del bebé en sus primeros meses de vida. Persiste seguramente en toda articulación discursiva del sujeto hablante, el eco de aquel primer grito originario que sigue clamando por no ser dejado caer en desamparo. Quizás, como decía Bion, nuestras palabras sólo expresan de manera más o menos notable los restos de un naufragio…»

El naufragio al que nos exponemos con cada impacto intersubjetivo y el impulso que le sigue hacia el reajuste vendrá definido por la riqueza de los contextos que nos nutren y moldean.

Para kohut, la psicopatología narcisista surge del fracaso traumático de la función empática de la madre y de la frustración del desarrollo inalterado del proceso de idealización. Estos fracasos traumáticos acarrean un estancamiento en el desarrollo a nivel del sí mismo presuntuoso infantil y arcaico y una búsqueda interminable del autoobjeto idealizado que se necesita para completar la formación estructural. La patología narcisista reflejaría la psicopatología de la etapa del desarrollo que comienza con la cohesión del sí mismo presuntuoso y arcaico y que termina con la internalización transmutativa del Ideal del Yo.

O. Kernberg por su parte, añade a esta concepción la idea de que la personalidad narcisista implica un sí mismo idealizado patológico nutrido por padres fríos y rechazantes, pero admiradores. De esta manera, los individuos narcisistas devalúan los objetos reales, habiendo incorporado aquellos aspectos de los objetos reales que quieren para sí; disocian y reprimen todos los aspectos negativos propios o ajenos, o los proyectan sobre otros. Se instaura un Superyó exitosamente severo, lo que lleva al desarrollo adicional de objetos externos “persecutorios” y a la pérdida de funciones superyoicas normales en la regulación de la autoestima. La devaluación de los otros; el vaciamiento del mundo interno de las representaciones objetales, contribuiría a la falta de autoestima normal y a una notable incapacidad para empatizar con los demás. Un grado de dependencia emocional común y de exteriorización de las expresiones de amor, compromiso y entrega hacia un otro, podrían causar un fuerte afecto de inseguridad, inferioridad, vergüenza y/o envidia.

Por lo tanto, podríamos concebir el narcisismo como una serie de tendencias, impulsos, necesidades y/o defensas inherentes al proceso de dasarrollo y configuración de la personalidad. Una particular forma de responder y de subjetivar la experiencia frente a las fallas del entorno; comprendida desde una perspectiva dimensional de gravedad, dentro de un continuo, que abarcaría actitudes “normales” que permitirían el despliegue, la transformación y la potenciación de recursos personales resaltando las capacidades de creatividad, empatía, reconocimiento y aceptación, sentido del humor y apertura a la experiencia; así como actitudes proclives hacia niveles patológicos de las que se destaca la sensación de vacío, desmedida necesidad de aprobación y éxito, incapacidad para mostrar empatía e investir emocionalmente a otros, falta de control de impulsos, falta de tolerancia a la ansiedad o disposición a reacciones explosivas o crónicas de cólera, entre otras facetas.

 

Al hilo de este asunto tan intrincado con respecto a la amplia conceptualización sobre el narcisismo, sus transformaciones y sus formas patológicas, y dando por concluida esta reflexión y reseña teórica que no olvida la amplitud del tema pero procura resaltar inquietudes propias; me viene a la memoria las palabras de Françoise Doltó que cito a continuación; palabras que reflejan la relevancia de la educación y de la aproximación humanista en relación a la disposición, atención y escucha frente al auxilio de quien está en proceso de crecer:

“El alimento más nutritivo para el niño, mejor dicho, para su humanidad, será el que desarrolle en él el deseo, es decir, su capa­cidad para lo nue­vo, su crea­ti­vidad. Recuerda que alimentar el deseo equivale a alimentar aquello que rom­pe con la dictadura de la nece­sidad. Por lo tanto implica alimentar su libertad, esto es, su poder de innovar, de crear. Pero este poder de crear, ¿qué crea? Ante todo, al hom­bre mismo. Es el poder que todo ser humano tiene de inventarse a sí mismo, de tejer su ser con los mimbres de la realidad a la que ha nacido y a la que va accediendo poco a poco conforme va adquiriendo la dimensión simbólica de la que estamos ha­blan­do (que –repito- es mucho más que ir aprendiendo un idioma; por eso, considerar que el len­guaje es una herramienta de comunicación, es decir, resaltar su valor ‘instru­men­tal’ como suele suceder, equivale a empo­brecerlo –y, con ello, empobrecer la huma­ni­dad del hombre-). Es importante tener esto claro para evitar una confusión que resulta nefasta en la educación, la de creer que al niño hay que concederle cuanto demanda. Es la confu­sión de la que llevamos hablando entre necesidad y deseo. Satisfacer todas sus de­man­das equivale a dar por supuesto que todas ellas expresan una necesidad. Pero no es así, no todo lo que el niño reclama es necesario, y corresponde a los adultos distinguir cuáles de sus peticiones son nece­sidades y cuáles no.”

SEÑOR M.

En lo referente a material clínico sobre la casuística de esta sesión, considero que todos -me incluyo- bien podríamos valer como ejemplo. No existe estudio de caso al margen de aspectos narcisistas bien por exceso o por defecto o entendidos como oscilaciones -del propio self y organización de la personalidad- puestas de manifiesto en el ejercicio de mecanismos particulares y modus operandi habitual.

A modo ilustrativo, en el capítulo “La terminación del análisis de los trastornos narcisistas de la personalidad” (1971), Kohut expone el análisis del señor M. -paciente analizado por una candidata bajo la supervisión de Kohut- dando cuenta de su propio enfoque y del desarrollo de este concepto tanto en sus formas adaptativas como patológicas.

El autor revela ciertos datos biográficos relevantes para el estudio del caso. Comenta que el análisis se da inicio cuando el señor M. tenía alrededor de 30 años y que este inicio es impulsado por el abandono de su esposa al cabo de seis años de matrimonio. Supuestamente parece haber un interés por parte del paciente en adquirir un conocimiento intelectual sobre en qué medida él había contribuido al fracaso de su matrimonio, pero también la existencia de un malestar caracterizado por una sensación de profundo vacío, apatía y falta de iniciativa que hacía tambalear su autoestima. Esta sensación de sentirse “semivivo” trataba de mitigarse a través de fantasías sexuales con acentuado tono sádico, fantasías que había puesto en práctica en algunas ocasiones con su mujer, para quién esta conducta era “enferma”. Así mismo, su trabajo como escritor-redactor (temática relacionada con la crítica de arte), descrito como un empleo seguro pero de poco vuelo, no parecía contribuir al incremento de su autoestima. Mientras escribía solía sentirse tenso y excitado, lo que le llevaba a suprimir su imaginación -en detrimento de la originalidad y vitalidad del producto- o dejar de trabajar. Cabe mencionar que, desde mucho tiempo antes, el señor M. había padecido un trastorno de su capacidad para traducir fantasías que surgían en él en forma de imágenes visuales a un lenguaje adecuado -un profesor de la universidad le había mencionado que padecía un defecto en su “lógica”, lo cual quizá constituía el diagnóstico de un trastorno leve y circunscripto del pensamiento-.

En referencia a la muestra de fragilidad sobre el narcisismo y autoestima del señor M., kohut habla de dos trastornos interrelacionados: Por una parte, la deficiencia estructural primaria -el fracaso de la función objeto-del-sí-mismo en su madre como espejo para el exhibicionismo sano del niño-. Por otra parte, la deficiencia de las estructuras compensatorias del paciente -el fracaso de la función objeto-del-sí-mismo en el padre como imagen idealizada.

Había sido abandonado por su madre natural y había vivido en un orfanato hasta los tres meses de edad, lo que supondría una depresión preverbal indefinible y flotante, una sensación de apatía, de muerte, y una rabia difusa que se relacionaba con el trauma primordial de su vida. Su madre adoptiva había fallecido cuando él tenía 12 años. Empero, ciertos fenómenos transferenciales y recuerdos infantiles, indicaban que había vivenciado la respuesta de esta madre hacia él como insuficiente y no empática. Recordaba que, en muchas ocasiones, trataba de sorprenderla con la mirada obteniendo una respuesta de indiferencia. También recordaba una ocasión específica en que se había lastimado y la sangre le había manchado la ropa a un hermano. La madre sin darse cuenta de que era él y no su hermano el que se encontraba atemorizado y dolorido, se precipitó al hospital con el hermano en brazos, dejando al paciente el casa.

Sabemos que el señor M. intentó adquirir algunas de las capacidades de su padre -capacidades que parecen haber desempeñado un papel importante en la personalidad del padre y que éste parecía haber valorado mucho, sobre todo su habilidad para utilizar el lenguaje-. Un hombre que amaba las palabras, que coleccionaba diccionarios, que hablaba muy bien, pero que lo había decepcionado, tal y como su madre lo hiciera antes. El señor M. recordaba que, después de la muerte de la madre, había tratado de reclamar atención del padre idealizado, pero la falta de interés que éste sentía con respecto a él le había provocado una honda decepción, en particular cuando el padre volvió a casarse, hecho que el paciente experimentó como una herida narcisista y un rechazo personal. Aquí Kohut sugiere que el paciente, ante la falta de respuesta materna, compensó el daño sufrido volcándose en estructuras compensatorias que le permitiesen expresar sus necesidades narcisistas particulares. Es decir, utilizar el poder idealizado del padre para traducir su anhelo de una respuesta materna empática a producciones artísticas relacionadas con el lenguaje y la creación literaria.

En los análisis de los trastornos narcisistas de la personalidad, Kohut encauza su elaboración a partir de la disección general de las deficiencias primarias en la estructura del sí mismo, permitiendo la adquisición de nuevas estructuras compensatorias a través de la internalización transmutadora. Lograr el progreso decisivo en el campo de los ideales masculinos, el trabajo, y la creatividad no hubiera sido posible solamente con la elaboración sobre la experiencia de desengaño con el padre, primero era necesario lograr cierto fortalecimiento fundamental del sí-mismo para estar en condiciones de enfrentar el rechazo del padre ante los intentos de idealizarlo. Y sin duda, esta consolidación previa se relacionó con debilidades estructurales más básicas relacionadas con traumas sufridos en relación con la respuesta de la madre -su aceptación y aprobación con respecto de sí-, situación traumática que supuso el punto débil central de su personalidad. La profunda elaboración de esta deficiencia primaria, quizá supondría la desintegración irremediable de sí-mismo, un temor a un viaje regresivo del cual no se regresa, volviendo a experimentar la rabia y la avidez primordiales expresados a través de la psicosomatización o creando una dependencia emocional hacia el análisis, difícil de tolerar. En este punto del camino, el refuerzo compensatorio de sus transformaciones narcisistas para la expresión de su grandiosidad y exhibicionismo resultaron suficientemente válidas y valiosas como para que el sujeto pudiera desplegar un movimiento progresivo para establecer un equilibrio psicodinámico estable en el sector narcisista de la personalidad.

 

Fortalecer las estructuras psicológicas compensatorias da pie a alcanzar un estado de activación y creatividad en grado suficiente como para luchar por alcanzar metas significativas. La dedicación de metas significativas y el acto mismo de crear ofrecen solidez al sí mismo. Estas actitudes y actividades proporcionaron la eliminación de la sensación de vacío y depresión. Así mismo, la conciencia de sí mismo permite crear un equilibrio psicológico entre el producto y el sí-mismo, existiendo ahora una relación psicológica constante entre el sí-mismo como un centro gozosamente vivenciado de iniciativa y como el producto por el que enorgullecerse. Poseer ideales firmes es de vital importancia para mantener la salud emocional.

 

REFERENCIAS

  • Gabbard, G. (2000). Trastornos de la personalidad del Grupo B: Narcisista. En Psiquiatría Dinámica en la Práctica Clínica (pp.505-534)
  • Mitchell, S.A. (1988). Las alas de Ícaro. En conceptos relacionales en psicoanálisis (Capítulo 7: pp. 209-235). México: Siglo XXI
  • Millon, T., Davis, R.D., Millon, C. Wenger, A., van Zuilen, M.H., Fuchs, M. y Millon, R.B. (1999). Trastornos de la Personalidad. Más allá del DSM-IV. Barcelona: Masson. (Capítulo 11-T.P. Narcisista)
  • Kernberg, O. (1994). La agresión de las perversiones y en los desórdenes de la personalidad. Buenos Aires: Paidós (Orig. de 1992). (cap 5- los trastornos antisocial y narcisista de la personalidad)
  • Kohut, H. (1966). Forms and Transformations of Narcissism. J. Amer. Psychoanal. Assn., 14: 243-272.