Ritmos frenéticos de vida; positivismo desenfrenado; autoexigencia y perfeccionismo o mínimo esfuerzo e inquietud generalizada… son algunos de los aspectos que predominan y perfilan al individuo y a la sociedad que hoy impera. Nos hemos convertido en verdaderos autómatas sin capacidad de atención y conciencia. Incapaces de parar y respirar para coger impulso. Adictos a deseos inagotables y a fantasías irrealizables. Parásitos del «postureo» que alimenta nuestros sueños, recelos y envidias. Temerosos de la soledad y al mismo tiempo cobardes para compartir y entregarse. Acostumbrados a ver sin mirar, a oír sin escuchar, a juzgar sin saber…

Anhelamos tener un estilo de vida que pueda escogerse a la carta, en la que uno pueda señalar con el dedo. Y que el resultado,con exquisita exigencia, a poder ser lo componga otro, rapidito y con suculencia.

 

 

❌ Error. Centrarse en los síntomas sin ni tan siquiera saber lo que pasó, sin apenas mostrar interés en conocer a la persona que tenemos delante, sin profundizar en su historia personal, sus vivencias, sus experiencias, sus creencias, su modo de proceder…

Tenemos la costumbre de demostrar la perfecta claridad que de repente poseemos para decir a un otro lo que DEBERÍA o TIENE QUE hacer. Nos encanta la celeridad con que aconsejamos, enseñamos, pautamos… para atajar el «problema» con rapidez y positivismo, como si una frase o una sonrisa bastasen para hacer «borrón y cuenta nueva».

Entre tú y yo, sabemos que todo esto no es posible sin esfuerzo y trabajo. Que reparar las cosas requiere tiempo e implicación. Que conseguir cambios y nuevas formas de gestionar sugiere interés y curiosidad por conocer y aprender; sabiduría; capacidad de introspección y de crítica…

Evolucionar y progresar se hace con compromiso, no con «parches» y buenos deseos. No nos engañemos. Más dosis de humanidad y menos de falsas promesas encapsuladas.

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