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Resistencias frente a la terapia

Las resistencias psicológicas hacen referencia al conjunto de comportamientos y actitudes de oposición y desafío de un paciente frente al tratamiento, a algún aspecto específico de la terapia o de su encuadre o a la propia persona del terapeuta, y suelen aparecer cuando el paciente en cuestión ve amenazado su sentido de libertad, de autopercepción, de integridad psíquica o de poder. El término fue introducido en 1885 por el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud.

¿Qué son las resistencias psicológicas?

La persona que acude a terapia con la intención de generar algún cambio en su vida, paradójicamente va a tratar de resistirse a ello. Esto es debido a la activación de una serie de mecanismos defensivos cuya naturaleza podrá variar dependiendo de cómo esté estructurada su personalidad y su particular estilo de funcionamiento.

Las resistencias psicológicas son reacciones inconscientes, que se desencadenan de forma automática con la pretensión de protegernos frente a la angustia, el miedo y la confusión  que supone afrontar alguna experiencia desestabilizante compuesta de pensamientos, emociones y actos que consideramos inaceptables.

¿Por qué se presentan resistencias en la terapia?

A través de la resistencias, buscamos evitar el dolor intolerable que entraña la confrontación con uno mismo y con nuestro entorno.

Al mismo tiempo queremos proteger el equilibrio y la seguridad que ofrece el contexto y el discurso al que nos sujetamos como anclaje.

Este contexto es el medio que acostumbramos a habitar y son los cimientos que nos sostienen, pese a que la configuración de este medio pueda proporcionarnos más sufrimiento y limitaciones que bienestar y confort.

Por regla general, las resistencias aparecen por temor y por suspicacia. El temor a lo desconocido. Miedo a creer que ciertas modificaciones supongan desafíos y rupturas. El temor a perder ciertas gratificaciones. La desconfianza ante la posibilidad de ser rechazado y humillado y a perder el cariño o el apoyo de otros significativos…

Si hay resistencias ¿Por qué quremos iniciar terapia?

Decidimos comenzar psicoterapia cuando sentimos que el relato de nuestra vida se ha interrumpido, y relacionamos esta interrupción con la existencia de conflictos difíciles de resolver, sufrimiento emocional e interferencias significativas.

Para abordar estos aspectos en el marco de una terapia, va a ser necesario que el paciente adopte una actitud comprometida, proactiva y cooperadora ante la compleja labor que supone reconectar y reconstruir recuerdos y experiencias de alto impacto emocional y afrontar la consecuente controversia que pudiera generar la aparición de reflexiones y cuestionamientos.

Entonces, ¿Debemos eliminar las resistencias desde el principio?

En principio, las resistencias no se conciben como algo necesariamente negativo, ya que pueden servir para descifrar ciertos aspectos de la persona.

Las resistencias pueden ser una oportunidad para hacer cambios y ajustes a partir del nuevo conocimiento.

Debemos encontrarnos en un punto intermedio entre la negativa rotunda por parte del paciente a modificar su comportamiento y la expectativa de la erradicación inmediata del problema.

Sabemos que no habrá un cambio repentino, pero debe haber un compromiso para ir en la dirección de ese cambio.

¿Por qué las resistencias pueden resultar problemáticas?

Aunque la aparición de resistencias forma parte del proceso habitual, si persisten o aumentan como un patrón general del paciente a lo largo de la terapia puede suponer un problema.

Comprendemos que las motivaciones que promueven dar inicio a terapia, son variopintas, y que, en algunos casos, el motor propulsor para comenzar, viene más motivado por terceras personas, que por el potencial paciente en cuestión.

No obstante, la realidad es que no será factible dar inicio y desarrollo a un proceso terapéutico, de no existir un mínimo de iniciativa y compromiso por parte del paciente, independientemente de las buenas intenciones y propósitos procedentes de su entorno, incluyendo también la buena fe del profesional.

Los aprendizajes, creencias, costumbres y demás atributos que pudieran configurar tanto la personalidad, como la particular forma de relacionarse y desenvolverse de la persona a tratar, se pondrán de manifiesto en la terapia como un contexto más.

Estos comportamientos pueden suponer, en algunos casos, una amenaza que interfiera en la favorable consecución del proceso mediante el despliegue de distintas formas perjudiciales de resistencia, que no dejan de entrañar la tentativa de desafiar y sabotear el proceso.

la errónea canalización de las resistencias en sus múltiples formas, podrá suponer, al mismo tiempo, un ataque directo, consciente e inconsciente, hacia la figura del terapeuta, pues lograrán transferirse en la relación terapéutica elementos relacionados con el historial de conflictos y perjuicios por los que el paciente se haya visto afectado.

El terapeuta deberá indagar acerca de la reacción del paciente hacia la presentación de los parámetros terapéuticos, y aclarar la necesidad de los mismos cuando el paciente tenga objeciones.

Tipos de resistencia

  • Resistencia a no querer cambiar: Por el miedo e incertidumbre que despiertan los cambios. A veces, también es debido a no creer necesario el cambio, o a no sentirnos seguros de qué nos encontraremos con el cambio, abandonando nuestra zona de confort.
  • Resistencia a no querer afrontar algo: Se produce ante el dolor que genera la aceptación del mismo hecho en sí, lo que lleva a la resistencia del mismo.
  • Resistencia a perder el beneficio secundario que proporciona el síntoma: Cuando una situación lleva mucho tiempo manteniéndose, generalmente la persona sea de forma consciente o no, obtiene algún tipo de gratificación, lo que refuerza el mantenimiento de esta resistencia.
  • Resistencia a auto-descubrirse y no gustarse: Ante el posible miedo de lo que está por salir de uno mismo de forma inconsciente se despiertan resistencias que dificultan los progresos.
  • Resistencia como miedo o rebelión ante la autoridad: Se despierta ante la figura del terapeuta, el cual se interpreta como un intruso, y la forma de rebelarse es luchar por seguir actuando como hasta ahora, dando lugar a la aparición de resistencias.

Indicadores de resistencia

  • Varios tratamientos no exitosos.
  • Resistencia a la autoridad.
  • Repetidas historias de relaciones violentas.
  • Actitud pesimista o poca esperanza.
  • Personas que acuden a tratamiento por coacción.
  • Personas que acuden al tratamiento por simulación.
  • Personas acostumbradas a ejercer autoridad sobre otros.
  • Trastornos de personalidad.
  • Personas a las que otros han tratado de ayudarlos pero sin resultados.
  • Pasividad.
  • Expresión frecuente de resentimiento hacia otros.
  • Expectativas de que los otros se van a aprovechar de ellos.
  • Necesidad de controlar las relaciones.
  • Desconfianza y suspicacia hacia las intenciones de los demás.
  • Desobediencia hacia reglas.
  • Actitud competitiva. Los desacuerdos de convierten en una lucha de poder.
  • En repetidas ocasiones, ha aparecido sentimiento de culpa por los errores de otros individuos.

Características de las personas que expresan mayor nivel de resistencia

  • Dificultades para comprender o seguir directivas.
  • No hay apertura a nuevas experiencias.
  • Es pasiva-agresiva.
  • Incumplimiento de citas o compromisos.
  • Tiene la creencia de que el terapeuta trata de aprovecharse de ella.
  • Muestra obstinación en sus posiciones.
  • Se enoja explícitamente con el terapeuta.
  • Incumplimiento de tareas.
  • Muchas veces es litigante.
  • Es rencorosa.
  • Tiene la necesidad de mantener un alto grado de autonomía.
  • Se resiste a la influencia externa.
  • Rechaza interpretaciones terapéuticas.
  • Manifiesta resistencia ansiosa.

Resistencias del paciente frente al contrato terapéutico

Algunas de las resistencias que pueden amenazar el cumplimiento del contrato y la terapia son:

  • Conductas suicidas y parasuicidas graves.
  • Impulsos o acciones heteroagresivas.
  • Mentir u ocultar información.
  • Dependencia y abuso de sustancias.
  • Conductas asociadas a trastornos de la alimentación.
  • Conductas autodestructivas menores.
  • Asistencia deficiente a las sesiones.
  • Intrusiones en la vida del terapeuta.
  • Irregularidades en el abono de las sesiones.
  • Crear problemas fuera del marco de la terapia que interfieran con su continuación.
  • Mantener un estilo de vida pasivo crónico.

Puntualización

Así como el potencial paciente deberá reflexionar sobre su capacidad y motivación de compromiso hacia el tratamiento y decidir sobre su propia disposición al respecto; el terapeuta, una vez planteado el caso, también tendrá que valorar, en términos de adecuación e idoneidad, y determinar si accederá o no a prestar sus servicios, incluyendo, si es preciso, la derivación o recomendación a otros profesionales.

Esther Sánchez Gutiérrez

Esther Sánchez Gutiérrez

Licenciada en Psicología. Psicóloga sanitaria y pscioterapeuta

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