Libertad significa subjetivismo crítico y asunción de responsabilidad.

Una reflexión sobre el psicodiagnóstico.

 

¿es necerario un diagnostico para abordar la salud mental? collado villalba 01

 

«No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, ¡Oh Adán!, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de ese modo los poseas por ti mismo.
La Naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes por mí establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrio, entre cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismo. Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma.”

PICO DE LA MIRANDOLA
Oratio de hominis dignitate

 

¿Hace falta un marco psicodiagnóstico para la práctica clínica y psicoterapéutica? Mi respuesta es sí; pero para responder honestamente a esta pregunta explicaré lo que considero, en reglas generales, aspectos fundamentales constitutivos del perfil del Psicólogo especialista en Psicoterapia y del proceso psicoterapéutico.

Independientemente de la orientación de la que provenga su formación académica, del contexto subjetivo relacional de creencias, cogniciones, experiencias, aprendizajes, identidades… compleja fórmula ideológica particular que, a mi ver, debe ser explorada, analizada y repensada con carácter de obligatoriedad. Así como del acuerdo o disensión que se sienta hacia los dictamines, dogmas, doctrinas, éticas y políticas engendradas desde en la Sociedad, “Suprema cuna” de creación simbólica y ecosistema de pertenencia condicionada; el experto en maestría social se descubre consciente, dispuesto y expuesto a la circunstancia; forjado y conmovido en el influjo rítmico del intercambio intersubjetivo, y supeditado a encuadres cocreados, cultivados en un escenario temporal en el que no existe absoluta certeza ni dominio.

Recolector de experiencias, arquitecto y reconstructor de enigmas existenciales, testigo histórico; el diestro conjuga su pericia en alianza con la diversidad y la idiosincrasia de sí mismo y de un “otro” distinto, dignos de ser contemplados.

Sostiene el compromiso y la responsabilidad de “entregarse” a la subjetividad, a expensas de la complejidad y del desafío, de forma pactada y pautada, y con “ciertas” dosis de pasión, fe y “narcisismo” calibrado.

 

Atender a la especificidad del proceso terapéutico emergente comprende un acto de inmersión empática multidireccional y multidimensional. Implica la amplitud creativa de reinventarse, con perspectiva y en sintonía -evolutiva, afectiva y relacional- con los estados mentales y la libertad para prestarse al desafío de lo inesperado.

 

La libertad de enfundarse un “traje a medida”-continente y contenido, objeto sí mismo genuino capaz de “confirmar la necesidad y el derecho que tiene el paciente de ser confirmado” (killingmo,B.,1989)- que aunque a priori no fue predestinado para sí, su diseño se fortalece con el trabajo analítico y fenomenológico en continua introspección correctiva, tanto a través de la exploración y el redescubrimiento de los espacios compartidos y estadíos arcaicos, como de la reconstrucción activa de un vínculo conectivo, seguro y confiable.

 

El espacio intersubjetivo y/o “espacio pragmático interpersonal” (Rodríguez Sutil, 2013) configuran una matriz relacional, mezcolanza de ecos, reminiscencias y fragmentos de sí mismo que impregnan, reedifican y dan sentido y significado a la existencia. Sus aliados, terapeuta y paciente, construyen y deconstruyen mediante la palabra, la teoría arqueopsíquica: origen y estructura de singular carácter, principio de influencia y control regulatorio que deviene del impacto experiencial, de sus introyectos y proyecciones.

De esta forma, en un interjuego transaccional de escucha, validación, reconocimiento, contención y cuestionamiento, vehiculamos in situ hacia un escenario compartido, actual, real y consciente, las vivencias intrapsíquicas e interpersonales, con el fin de hallar claridad sobre aspectos confusos y/o contradictorios de la identidad y las relaciones escindidas, para así redefinir trayectorias y herramientas de “ser” que proporcionen coherencia, integración y consistencia vital.

 

 

Si ignoramos la experiencia interna e intersubjetiva del individuo: sus referentes y referencias; los intereses, las necesidades y los valores que argumentan las raíces y sustentan la confirmación; las actitudes; sus expresiones reactivas; idealizaciones, fantasías, defensas, incertidumbres, dudas, incongruencias, ambivalencias, caos, carencias, fortalezas…

Si obviamos; anulamos, rechazamos y olvidamos. Coartamos la libertad, el sentido de autonomía; negando la diferencia; privando la subjetividad.

 

Arrojamos la individualidad y su disposición de ser agente proactivo para la individuación y la comunión a un abismo vacío de realidad fragmentada y hacia una “falsa” adaptación social o hacia un patrón de acomodación de sumisión y respuesta mecanicista.

Consentimos y perpetuamos, en coalición, el impasse existencial investido de déficit, conflictos y sus derivados, al no haber sido revelados y reconocidos como escenarios y experiencias significativas; piezas, claves y fundamentos de la imaginería personal; imágenes desprovistas de impronta.

Así pues, transijamos la vulnerabilidad de la experiencia de sí mismo, concediendo un lugar que impulse a ser promotor de “existencia”, sin invasión de juicio y/o expectativa, sin tiranizar la mitigación de sufrimiento; sin edulcoradas promesas para captar adictos adeptos.

 

 

Redefinir e intervenir un “caso” en base a hipótesis parcialmente correctas realizadas a partir de una teoría psicopatológica y un marco psicodiagnóstico organicista centrado en síntomas y conductas aisladas, no sólo conlleva, siguiendo la tradición humanista, a la cosificación del individuo y al reduccionismo prejuicioso; sino también a la recreación del escenario traumático o falla ambiental; a la perseveración desadaptativa de la organización defensiva y escisión de la organización yoica.

Contribuimos a la cocreación de una relación transferencial distorsionada y regresiva en la que predominan las incongruencias, la confusión y el dilema simultáneo entre el temor y el anhelo, la culpabilidad y la inocencia, la perfección y la ineptitud. Convertimos al ser y su entorno en perpetuador y perpetrado sin discernir, arrojado a un destino azaroso, ciego en su origen y devenir, afianzando así su estigmatización. Ejemplos, todos ellos, de repercusión práctica nociva, causantes de fracaso de restitución.

Estoy de acuerdo con Rodríguez Sutil (2013) cuando expone: “(…) me parece importante llegar a identificar dicho trastorno y a eso lo llamo “diagnóstico”, aunque emplee una palabra tomada de la medicina. Lo que no estoy dispuesto a asumir es que este trastorno proceda esencialmente de una base orgánica, sino que nace en la persona total, en su contexto y su historia, y el tratamiento tampoco puede y ni debe ser un medicamento, o al menos no en su exclusividad”.

 

En la práctica clínica nos adentramos en un universo variopinto de personalidades cuyas cartas de presentación responden a un cúmulo amalgamado, a modo de coleccionable, de páginas; cuyo contenido, de elaboración concisa, técnica y aséptica, confiere juicio y bautismo.

La inmediatez de esta “sentencia”, la focalidad de esta actuación y la parcialidad de esta exploración, generan infinidad de lagunas y abismos, abandonos y descuidos, impresos en anamnesis y en “piel”; dictados en Ley casi divina.

 

Sé a conciencia, de los “déficit y conflictos” –me remito a los conceptos utilizados por Killingmo, B. (1989) y Coderch, J. (2007)- inherentes al orden social y sus derivados subjetivos cocreados, que con aleccionamiento y racionamiento nos provee un “plan” universal -de discurso vigoroso y/o abrumador, según el receptor- de gestión y administración de recursos, necesidades, cogniciones y conductas anclado en el poder elitista y la dominación económica; soterrado en una “falsa cultura” a modo de falso self (Winnicot 1965) que con premura deshonesta, auxilia con embustes en pro de una ciencia, moral y educación omnisciente y omnipotente que alienta la desigualdad, la indolencia, la conformidad y la exención.

Como bien dice Rodríguez Sutil (2013) “no existen verdades absolutas pero sí mentiras evidentes” y que estudiar cualquier fenómeno incluso desde el prisma de las disciplinas más “duras”, lógicas y/o “fisicalistas”, nos obliga a caer en la cuenta de que “todo” es relativo al espacio, especialmente cuando lo que estudiamos es la conducta humana, de ahí que seamos distintos. Por ejemplo, cuando examinamos las problemáticas de nuestros pacientes, las dificultes, los déficit y defectos producidos por una supuesta patología concreta, hallamos una expresión diferente en cada una de esas personas a pesar de estar afiliadas bajo el mismo rótulo, lo que obliga a pautar un tratamiento específico acorde a su singularidad –antecedentes, comorbilidad, iatrogenia, capacidad cognitiva, conducta interpersonal, vivencia subjetiva, áreas de vida…

 

Por todo esto, aquellos “curiosos”, los que permitimos inquietarnos y perturbarnos sobre el tema de la condición humana, ilusos, rebeldes, infieles o no, sabemos de otras realidades.

Describir e intervenir en estos menesteres requiere tiempo, con-tacto, espacio y apertura, pues nos encontramos ante cuestiones cuya comprensión excede los límites de la más rigurosa y estricta nosología y de la validez empírica que pueda acuñarse a los protocolos de actuación más innovadores y revolucionarios.

Entender con optimismo y afán reparador, es ser y estar con uno mismo y con el otro al que acompañamos, pues como decía el filósofo y escritor francés Henri Bergson “el ojo ve sólo lo que la mente está preparada para comprender” y para eso hay que convivir en un contexto psicosocial compartido y tolerable. Así pues, elaboremos prudentemente “diagnósticos” cuyos desenlaces siempre abiertos a reformulación sean concebidos por el experto como medio para idear un perfil comprehensivo de laboración en consecuencia.

 

Referencias:
Coderch, J. (2007b). Conflicto, Déficit y Defecto. Clínica e Investigación Relacional, 1 (2). 359-371.
Killingmo, B. (1989). Conflicto y déficit: Implicaciones para la técnica, Libro Anual de Psiconálisis, Tomo V: 112-126.
Rodriguez Sutil, C. (2013). El fantasma del Psicodiagnóstico. Clínica Contemporánea, Vol. 4, nº.1, 29-44.